RESEÑA DE HERMOSILLO DE LOS AÑOS 60’s

Publicado: mayo 30, 2010 en A mi Sonora, Articulos en Español, General, Historia
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LOS SESENTAS
Por: José Luis Bojórquez

En los sesentas Hermosillo conoció el anillo periférico y su población pisaba los 150,000 habitantes y donde hubo quien declarara que ya no había lugar aquí ni siquiera para acomodar una aguja.

La vida detrás del “bordo” parecía imposible y no obstante se multiplican los fraccionamientos y a la vivienda popular, llamada también La Huerta, le siguió La Apolo (enclavada en los otrora basureros municipales) y el de la Reforma Norte al que coquetamente se le denominó de los “brassieres” ya que las casas con sus techos cónicos recordaban las prendas íntimas de las féminas.

Entonces un peso compraba la voluntad diaria de un niño reacio a la instrucción pública para que con él pudiese darle rienda suelta a sus apetencias representadas por el “ricobeso”, la “nucita” y la “supernatilla”… Un peso o “bola” o “varo” o “pachuco” pagaba un viaje completo e intransferible en los recientemente aparecidos “ruleteros” o “peseros” que empezaron dando el servicio sobre carros cerrados en donde el pasajero recién bañado para ir a la oficina compartía el sudor del chofer.

Poco después llegaron las camionetas de la marca Ford que al sufrir el sobrecupo tenían que llevar a dos que tres usuarios en calidad de “cátcher”.

El ruletero recién llegado jubiló a los “camiones chatos” de Castellanos, Munguía y Osornio… Un peso compraba una boleada en el jardín Juárez el sitio de reunión de los soldados francos y pagaba también un corte de pelo en La Amiga de Pueblo donde las colas de mechudos eran tan largas como sus cabellos, y el propietario de la barbería tripulaba un modelo reciente gracias al favor que le dispensaban a su negocio tijeril del centro de la ciudad… Un peso saldaba los favores de una linda damita que se dejaba conducir una pieza de baile por el osado galán que así lo disponía en los interiores de los bules de la recién mudada zona de tolerancia en Las Flores, más allá de la novedosa colonia El Choyal.

Un peso alcanzaba a pagar un “hot dog” que llegaron a la ciudad llamándose “perros calientes”, pero la moral prevaleciente timorata por las interpretaciones que el binomio se le pudiera dar, determinó que se continuara con su apelativo inglés.

Esta vianda se popularizó en las afueras de la Universidad frente a la preparatoria pero el genio comercial de los gordos Medina los llevó a entregarla a domicilio desde su caseta Alma en Reforma y Veracruz, de donde partirían a los enfrentes de la colonia Pitic.

Inmediatamente, y como una respuesta regionalista, desde las catacumbas pécoras de la zona de tolerancia vino el taco de carbón o taco de carne asada también de a peso, envuelto en tortilla sobaquera a la que la cicatera forma de hacer mercado de los pioneros zares del taco -Ventura Sierra, sin duda el precursor- la redujo a sus mínimas dimensiones que casi terminaba por perderse en la mano… Un peso pagaba la momentánea alegría que proporcionaba la tocada de una pieza musical en una radiola.

Este fue el aparato de la década que movió las voluntades y las preferencias musicales elevando a la categoría de ídolos a los artistas del momento. Aparecen rocolas por centenares. “El Güero” Ossio respondía por su calidad- y viven su pujanza máxima ya que con gran visión cantineros y restauranteros le dieron el sitio predominante en el interior de sus negocios para darles vida y animación.

Le fabricó ídolos, cautivó corazones o los hizo pedazos y le dio ritmo a toda una generación. Famosas fueron las ubicadas en el Café Universitario dentro del gimnasio donde el éxito preferido fue “la Burbuja” seguido de “Sábado en Tijuana” y las melodías de Hugo Avendaño dentro del Paty Queen.

La ideal o la tocada sin descanso en el drive inn de Beto Celaya. El Rubí en la calle Veracruz que incluía en su repertorio a Pablo Castillón “Contemplando tus cabellos de oro”, Los Dandys “Suspenso Infernal”, Juanito Mendoza “Me Sobra Mucho Corazón”, “Sombras” de Solís también Mayte Gaos con “el GranTomás” y Oscar Madrigal “Estoy muy triste porque estás muy lejos de mi”… Entonces el restaurante El Petate por la Monterrey hizo artistas de la canción sustraidos de los barrios y arrebatos a las fiestecitas familiares.

Entre tanda y tanda de sus programas radiofónicos a control remoto cada miércoles descubrió a Chayito Valdés, Sandra Almada, El Caporal del huapango Toño Borbón, Vicky Acuña, constituyéndose junto a otros en una comalada artística como ya no verá otra la población citadina en los treinta años sucesivos.

Allí las cahuamas cerveceras eran enfriadas en cilindros de lámina ribeteados de hielo para que los envases de cristal no resistieran el calor de la palma humana… La cenaduría masiva, porque de masa eran sus sopes, fue “La Primavera” por la Monteverde del policía Manuel Moreno.

Era el surtidor de los antojitos mexicanos para los añorantes de los que se sirvieron pocos años atrás en las mesitas de doña María, Los Ramones y la Chagua y su respuesta trasnacional lo fue el Pradas de los Andere, por la Serdán, donde las delicias tenían factura norteamericana y donde rolaban la torta compuesta, el café capuchino o las comidas de menú internacional.

También el coreano Pedro Park logra enganchar a una ávida clientela desde su café Reforma enseguida del cine tocayo valido de dos factores e irrebatibles: deliciosas cenas a precios económicos… Las Cazuelas por la Rosales reúne a la exitosa familia política del momento; Mario Morúa se reporta asiduamente… La carne asada se vende por toneladas sobre el recientemente inagurado bulevar transversal, la concurrencia es apretada y selectiva debajo de la sombra de corpulentos árboles en la esquina de la calle Matamoros donde Pepe Colores recibió el favor de los adoradores de la carne al carbón.

Tiempecito después abririría sobre el desecado lecho de La Sauceda su Villa Colores hasta donde llevó la alegría de maricahis y consumidores avenidos con las libaciones de larga duración. Fue donde se dieron el abrazo de reconciliación política las figuras encontradas entre sí: Enrique Cubillas, Fausto Acosta Romo y Leandro Soto Galindo…

El Señorial sobre la calle Veracruz y Segunda dura un pestañeo por lo atrevido de sus show: presenta sobre la extendida barra despampanantes jovencitas sicodélicas que bailan ritmos sensuales vestidas con ajustadas minifaldas las que llevan hasta el frenesí cuando no a la lujuria a los circunstantes masculinos…

El Focolare de César Balsa en el hotel San Alberto divide a la grey cafesera del mercado y jala a sus negocios a los de más posibilidades economicas, y claro a los aspirantes a serlo, y su desayunadero dura poco tiempo logrando impactar el ánimo de los imitadores, y uno de ellos, Víctor Manuel “El Perro” Romo instala la versión democrática del Focolare, el Tacolare, que fue una taquería nómada que lo mismo se detenía a servir a la insatisfecha burocracia de los palacios que a los deambulantes del jardín Juárez…

Por este mismo tiempo fracasan los intentos de taquizar el apetito de los hermosillenses del corredor ciclista Rafael Vaca. Su sueño convertido en una fonda de lujo llamada El Taquito no consigue hacer que sus favorecedores regresen con todo y que la variedad de antojitos era exhaustiva…

Vive también por esos días su agonía en su olvidada calle de San Benito la barraca antes iluminada multicolormente que dio albergue al celebradísimo Limoncito de Isidoro Angulo por más de treinta años y que corrió la legua desde el jardín Juárez, lugar de su inicio pasando por la esquina de Juárez y Veracruz donde los continuos pleitos de sus violentos visitantes y los lógicos roces con la autoridad lo obligaron al franco repliegue hacia la oscuridad de los barrios…

La cantina El Farolito de los hermanos Del toro reúne día y noche multitudes que se disputan desde tempranas horas el espacio de las mesas por allá por la Nuevo León. El gancho irresistible: una catarata botanera de picosos tentempiés que mantiene al grupo consumidor sin ganas de regresar a la casa o al trabajo.

La Tropiconga de Julio es más selectiva y callada su concurrencia ama el taco cahuamero y las longas son de un peso veinte y las de vaso chico de ochenta centavos. La Bohemia cambia de sitio y su clientela no vuelve a ser la misma. Los jaiboles mejor preparados salen de las manos de Espejo y de Héctor Borboa en el ya moribundeante Casino de Hermosillo de la calle de la Carreta…

Triunfa noche a noche el improvisado Club del Clavito reuniendo a su alrededor a los fanáticos de la cerveza tres equis- clara u obscura- en la esquina de Guerrero y Tamaulipas. Era un poste de madera con un clavo hendido a regular altura y que servía para que los sedientos abrieran sus chelas recién salidas del expendio de Mange.

Ha sido el club más democrático por cuanto que sus filas de bebedores las aportaba el grueso poblacional que apenas acabalaba para el de “doce” pues el práctico “six” aún no aparecía…

Fuente: la-banda-sonora.blogspot.com

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