La Cocina Sonorense, “No solo Carne Asada y Tortillas de Harina”

Publicado: marzo 12, 2011 en A mi Sonora, Articulos en Español, Curiosidades, Gastronomia, Historia
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Excelente tratado sobre la Cocina Sonorense que se produjo y edito en el Sexenio Anterior que incluye un Semblante de todo lo que ha sido a traves de la Historia de Sonora su Gastronomia, sus sabores, sus productos nativos y sobre todo al sabor tan especial de su Carne y demas ingredientes, y por supuesto un Completisimo Recetario, espero lo disfruten.

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Antecedentes

Cocinar y comer son parte del diario batallar en todos los hogares. Muy poco se nos ocurre que al picar la verdura, preparar el guisado o sazonar el platillo estamos siendo herederos de una historia y participando y contribuyendo a renovar un aspecto esencial de nuestra cultura, de nuestra peculiar concepción de la vida y la sociedad.

Alguien definió a la cultura como “herencia social” y qué más herencia que los productos con que nos alimentamos, las formas en que los cocinamos y el complejo socioeconómico en el cual descansa la producción de los alimentos, el sistema de distribución, intercambio o comercialización de productos agrícolas o pecuarios y la red de relaciones sociales que se va creando a partir de esta necesidad de tener sobre la mesa una carne con chile colorado, un pozole de trigo o unas calabacitas con queso y chile verde.

Muy pocas veces, sentados frente a un plato de frijol con hueso, o un caldo de albóndigas, se nos ocurre pensar que ese platillo es un producto de la historia, fruto de una compleja conjunción de climas, desarrollo de tecnologías, de esfuerzos de exploración y descubrimientos, de pasados y antepasados europeos, indígenas y criollos; de hazañas de imaginación y atrevimiento; de gustos que nacieron en el seno de un pequeño grupo y fueron difundiéndose hasta llegar a constituir parte de nuestra herencia social; y también —porqué no decirlo— de ambición y afanes de poder.

Por otra parte, es normal que no divaguemos por la historia y la cultura frente al plato de caldo. Si lo hiciéramos probablemente se nos enfriaría el guisado y nos mereceríamos un regaño de la cocinera…Este libro tiene por objeto la reflexión sobre este aspecto de nuestra historia y nuestra cultura que viene a tomar concreción en lo que podemos llamar la cocina sonorense.

Deseamos, por una parte, exponer algunos aspectos del devenir histórico de esta región del país y de sus habitantes que ayuden a entender su gastronomía; por otra parte, queremos también proporcionar a las nuevas generaciones de sonorenses (y a otras, menos nuevas), la información sobre la cocina de antaño y hogaño y las recetas concretas que han estado en uso y aún se utilizan en el cotidiano trajinar sonorense.

Introducción

Nuestra cocina maneja muchos elementos, unos nativos del noroeste de México y otros que se avecindaron en la región desde muy antiguo y que consideramos nuestros.

Si uno desea entender la cocina y la cultura de Sonora desde una perspectiva global es necesario al menos analizar algunos productos que comprendan, por decirlo así, nuestras costumbres y nuestro comer.

Estos son el trigo, el maíz, el frijol, la carne de res, las calabacitas, el chile verde o colorado y el chiltepín. De alguna manera ellos están presentes en buena parte del recetario sonorense y es difícil encontrar una comida propia de esta zona en la que no se utilice alguno.

Hay preferencias regionales, por supuesto, y es válido afirmar que por regla general en el norte del Estado se usa más el trigo, mientras que en el sur el maíz es el que predomina, sin que uno llegue a excluir al otro completamente.

El maíz, el frijol, la calabaza, los chiles verdes y el chiltepín eran conocidos por los primeros habitantes de Sonora desde hace muchos años y constituían la base de la dieta de los antiguos sonorenses, junto con carnes, producto de la caza de especies silvestres.

El trigo y el ganado los introdujeron los españoles y muy pronto comenzaron a ser parte de nuestra cultura: el trigo, necesario para la confección de hostias y la celebración de la Eucaristía, se comenzó a sembrar en las misiones jesuitas desde que éstos entraron a catequizar a los Yaquis, en 1605. Junto con los padres misioneros este grano viajó al norte y se aclimató en las vegas del río Sonora,

primero; en las parcelas aledañas a las corrientes del Altar y Asunción, después; y hasta los valles regados por el Bavispe y el alto Yaqui. “Tierras de pan llevar” llamaban los misioneros a aquellos terrenos adecuados para la siembra del trigo; pero nuestros antepasados, poco acostumbrados a las hogazas, muy pronto inventaron una forma de comer el trigo más acorde con sus costumbres: la tortilla de harina que, en sus diversas formas, se fue haciendo parte de nuestra gastronomía y sustituyendo al pan español.

Algo parecido pasó con la carne de res: el clima y los pastos norteños fueron un excelente medio para alimentar a las reses que los españoles trajeron consigo. La relativamente poca población de las provincias del Ostimuri y del Sonora en el siglo XVII permitió al ganado bovino crecer sin mayores obstáculos.

Los centros mineros demandaban carne para sustentar la población que en ellos vivía, y requerían cueros y cebo para los trabajos en las minas. El clima seco y asoleado permitió la deshidratación de la carne como un medio eficaz para su conservación: “la carne tasajeada y secada al sol que se mantiene sin echarse a perder por mucho tiempo —dice el P. Pfefferkorn—, es usada casi en todas partes”.

Y añade “cuando la carne se seca completamente la guardan para el consumo diario. Esta es la carne de res que aparece todos los mediodías en la mesa; es el asado y también con ella se hace la sopa y se prepara el guisado.

En Sonora no puede uno esperar platillos más deliciosos”. A estos productos, en aquel entonces extraños, se les asimiló y convirtió en parte integral de nuestras costumbres; se les cocinó y mezcló con el maíz y el frijol, la calabaza y los chiles.

A las nostalgias culinarias de los misioneros y criollos avecindados en nuestro territorio las tomaron los indígenas e hicieron de los asados y guisos europeos nuevos platillos en los que intervinieron nuestros granos y leguminosas, nuestras hortalizas y condimentos. Se fue así desarrollando una cocina propia, muy enraizada en el pasado indígena, que tomaba ingredientes y recetas que venían del altiplano central o de Europa y las utilizaba en un nuevo contexto cultural, propio del árido noroeste, adecuándolas al clima y a las posibilidades de una agricultura y una ganadería distinta de las que practicaban en las provincias centrales de la Nueva España, en las lejanas Extremadura, Castilla o
las provincias vascongadas.

La lejanía del centro, la baja densidad demográfica y la dispersión de los minerales impidieron el surgimiento de grandes centros urbanos en el territorio de la actual Sonora y propiciaron la formación de una población
arraigada en las actividades del campo.

El mestizaje, sobre todo entre ópatas y criollos, fue configurando una cultura propia, de vaqueros y cultivadores dispersos a lo largo de las cuencas de los ríos. El esquema de poblamiento era de rancherías y pequeños poblados donde un campesinado naciente iba sentando las bases para una economía agrícola y ganadera y dando forma a una cocina peculiar intensamente campesina y fuertemente constreñida por un clima árido y por la poca diversidad en la producción de víveres.

Esta faceta campesina de nuestra cocina permanece hasta nuestros días: la nuestra es una cocina fuertemente dependiente de las estaciones, que aprovecha los frutos de la tierra cuando ésta los entrega al cultivador o al ganadero.

Los platillos más típicos fueron producto de una economía de autoabasto, en la que las unidades de producción, las familias campesinas, tenían una cierta autonomía productiva y normalmente comían sólo lo que podían producir a lo largo del ciclo anual.

Aquí radica uno de los problemas de nuestra cocina: a medida que la mayor parte de los sonorenses abandonamos la relación directa con la tierra, que dejamos de cultivar o de cuidar ganado, en esa medida perdemos el acceso fácil a ciertos productos e ingredientes que una economía campesina proveía de modo natural a quienes se encargaban de cocinar.

Otros usos y otras costumbres, ingredientes industrializados o provenientes de los anaqueles del supermercado, han venido a suplantar aquellos que nuestros antecesores cultivaban para su autoconsumo.

La consecuencia para la cultura y la gastronomía locales ha sido un progresivo abandono de guisos, dulces y platillos que no se pueden preparar con facilidad fuera del contexto de una población fuertemente enraizada en lo rural.

Hay productos que cada vez se siembran menos y no es posible conseguirlos aún en el comercio. Desde el punto de vista económico y social parece lógico que una cocina campesina cambie o se abandone en la medida en que el grupo humano que la creó deje de ser campesino.

La progresiva integración de Sonora a una economía mundial parece estar llevando a los sonorenses a una homogeneidad en gustos, costumbres y comidas que amenaza destruir la peculiaridad de los habitantes de esta región.

La única respuesta posible es, creo yo, la voluntad colectiva de revitalizar nuestras costumbres y valores, no como un refugio de la inseguridad, sino como la reivindicación orgullosa de la propia cultura que se sabe distinta y con la capacidad de dialogar con el otro y los otros.

Por su origen campirano nuestra cocina es poco sofisticada. Difícilmente encontraremos en ella platillos complicados sustentados en ingredientes exóticos. Menos aún hay en ella comidas que requieren distintos cocinados para llegar, al final, a una síntesis de sabores sofisticados y complejos.

No. La cocina sonorense utiliza productos, condimentos y modos de cocinar lo más sencillo posibles y sin entrar en más complicaciones que las que requiera llevar a la mesa un plato de buen sazón, abundante y nutritivo.

Un adjetivo que puede describir con justeza a nuestra gastronomía es directa. Nuestros platillos tienen pocos rodeos y no pretenden presumir de grandes elegancias. Esto no significa que sea válido afirmar que nuestra cocina no es elegante pues tiene en su sencillez y seriedad una dignidad que, asumida tranquilamente, ha hecho de muchos hogares sonorenses no sólo un sitio del buen comer sino también un lugar para platicar y disfrutar de la convivencia familiar o de amigos.

Porque no es posible hablar solamente de la comida, también es necesario mencionar, aunque sea sólo de paso, el ambiente en el que se come y se bebe lo cocinado. Y en Sonora la convivencia frente a la mesa es, casi siempre, esencial.

Por principio de cuentas el ambiente debe ser de gran familiaridad, fácil convivencia y flexible ante las necesidades de la cocina, de la familia, la camaradería y la amistad. No podemos concebir una buena comida sin una mejor plática, salpicada de chismes y chistes, de anécdotas y reminiscencias. Por alguna razón extraña, proveniente quizá de esa costumbre de vivir en espacios abiertos, cuando dos sonorenses se juntan, platican a gritos. Eso es lo primero que percibe un fuereño.

Los gritos y la manía de hablar directamente, sin rodeos (a la que no hay que confundir con franqueza: podemos mentir —como todo mundo— a gritos y directamente), puede parecer un tanto grosera al que no está acostumbrado, pero en la mayor parte de los casos se llega pronto a una cierta unanimidad, entre propios y extraños, alrededor de un plato de chile con carne, un menudo o unos tamales de carne con chile colorado.

Pocas reglas hay para sentarse a la mesa sonorense: limpieza, respeto a los otros comensales y una saludable dosis de sentido común. No hay muchos cubiertos, ni un altero de platos distintos para una sucesión complicada de viandas.

La mayor parte de las veces con una cuchara, servilletas y un plato está puesta la mesa; tres cubiertos y un plato hondo y otro extendido para cada comensal es lo más común.

Al fin y al cabo que muchas veces hemos tenido que contentarnos (y muy a nuestro gusto) con una olla y un “liacho” de tortillas.

La vieja tradición dictaba que, en una reunión, las señoras se sentaran con las señoras y los señores con los señores. Parecía haber una estricta división por sexo. Más bien funcionaba la regla no escrita en la etiqueta sonorense que decía que cada uno ocupara el lugar que prefiriera, donde estuviera a gusto; y las más de las veces las pláticas sobre negocios, ganado, tractores y la tardanza de las lluvias interesaban poco a las mujeres que tenían otros temas, a veces tan importantes o más que los que ocupaban a los hombres.

Pero eso está cambiando y cada vez más las señoras intervienen en el mercado de trabajo y su horizonte de intereses se amplía mucho más allá del hogar y del barrio. Y como la regla es que cada uno esté donde se sienta bien, ahora, en las reuniones cada vez más se mezclan los grupos y se pierde esa antigua división entre hombres y mujeres.

Con esto, evidentemente salimos ganando los señores pues ahora las conversaciones resultan menos aburridas y tienen una amabilidad que no sé cómo no extrañamos por tanto tiempo.

Cuando me pongo a reflexionar sobre la comida sonorense otra palabra que, me parece, la califica con mucha aptitud es:seria. A primera vista este adjetivo puede parecer poco adecuado para calificar a una serie de prácticas gastronómicas, pero creo que viene perfectamente al caso.

Nuestra cocina es seria en el sentido de que no se inclina a exquisiteces complicadas, no busca presentaciones sofisticadas ni pone gran importancia en la forma en que se presentan los platillos a la mesa. La estética que pretende es la del gusto y poco se fija en lograr una apariencia artística compleja de lo cocinado.

Su seriedad consiste en no pedir a un pozole o a un plato de carne de res que parezca algo distinto de sí mismo. Otras cocinas, en otras geografías, han desarrollado un gusto por lo exquisito que a nosotros nos parece rayan en la frivolidad. La preocupación japonesa por la apariencia de cada platillo está muy lejana de nuestra seriedad y cierta vastedad gastronómica.

La inquietud de los chefs franceses por adornar los platos con hierbas y hasta papel recortado seguramente escandalizaría a cualquier sonorense acostumbrado al buen yantar regional. Si no se come ¿qué hace en el plato? Sería la pregunta obligada ante uno de aquellos exóticos guisados.

Porque nuestra comida es sencilla. Pretende cumplir con dignidad el objetivo primario de todo cocinar humano: alimentar a los comensales.

Y lo desea hacer un poco como somos los sonorenses, directamente, sin rodeos y en un ambiente decididamente informal. Es una cocina muy enraizada en la tierra, muy dependiente de ella y, todavía, llena de nostalgias de las parcelas y las siembras; de los potreros y las corridas del ganado.

Una gastronomía creada por cultivadores y ganaderos, dependiente de los ciclos de la lluvia y las estaciones; acostumbrada a llevar a la mesa productos del trabajo y la recolección: los quelites, las verdolagas, el chiltepín y las uvalamas junto con el trigo, los frijoles, el maíz y la carne de res.

Cocina fácil, rápida, seria y directa; poco complicada, vasta y sin rodeos pero propia, nutridora y digna. Como todo producto cultural es algo vivo, está en continuo cambio. A lo largo de los años ha recibido influencias de otras regiones y otros continentes que la han enriquecido.

Provenientes del altiplano se han aclimatado aquí los moles, los sopes y las carnitas de puerco. Del oriente llegó la comida china al grado de que el “chopsuey” puede ser considerado un platillo regional.

Las inmigraciones de italianos, yugoslavos, españoles y franceses poco a poco van introduciendo a los gustos y a la cocina sonorenses variaciones, productos, condimentos y formas de presentación que muy pronto se asimilarán a lo nuestro y se aceptarán como parte de nuestra cocina y nuestra cultura.

La idea de recopilar un recetario de cocina sonorense pretende provocar a la reflexión sobre esta faceta de nuestra cultura, sobre este modo peculiar de ser mexicanos que tenemos los sonorenses, y de ninguna manera intenta zanjar de una vez y para siempre qué es lo típicamente sonorense, en contraposición con lo otro, ya sea lo mexicano o lo extranjero.

La insistencia en lo sonorense de ninguna manera implica el olvido de lo mexicano:

simplemente quiere afirmar que, en nuestra cultura y nuestra cocina, tenemos una manera propia de sentirnos y ser mexicanos. Lo mismo sucede con nuestros hermanos yucatecos, veracruzanos, tapatíos o chiapanecos.

En el respeto y la aceptación de las diferencias está la riqueza cultural y humana. Que este trabajo sirva para valorar estas peculiaridades. Este trabajo no pretende, ni podría, ser exhaustivo. Tenemos la certeza de que hay muchas joyas de nuestra cocina que no incluimos, variantes de algunos platillos que no pudimos registrar o que simplemente se nos escaparon.

Por otra parte es posible que algunas de las recetas que aquí pretendemos compartir a nuestros lectores no le parezcan sonorenses. Utilizamos un criterio sencillo: incluimos todas aquellas fórmulas de platos considerados típicos por los miembros del equipo que trabajó en este libro.

Aun así hay recetas que no pueden considerarse netamente sonorenses, sin embargo están en el texto porque pensamos que el uso cotidiano a lo largo de muchos años implica una cierta adopción de esa práctica culinaria inicialmen te extraña.

El esfuerzo de recopilar y reordenar las recetas tiene un objetivo que es despertar en quienes utilicen este libro la curiosidad por nuestra cultura y nuestra historia que se han concretado, y toman cuerpo a diario, en la cocina sonorense.

Los que participamos en este esfuerzo deseamos agradecer a don Abelardo Casanova su aliento y su paciencia durante el proceso, más largo de lo que planeamos, de recopilación y redacción; a Francisco Manzo por sus comentarios siempre informados.

Estamos en deuda con Margarita Oropeza que leyó los borradores y nos hizo muchas recomendaciones de estilo. Ana Amelia Gaytán se tomó el trabajo de pasar todas las recetas a computadora, labor que mucho le agradecemos.

La asistencia secretarial y de mecanografía de Elba Valdez Contreras y Rosaura Palafox Dórame fue constante y profesional. Las largas horas que pasaron en el teléfono, cumpliendo funciones de enlace entre un equipo muy disperso, hicieron posible, al final, que este esfuerzo colectivo fructificara.

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Ernesto Camou Healy

Como señalamiento importante en la cultura doméstica del sonorense es necesario pensar que en el momento de diseñar la casa, la ubicación y acomodo de la cocina era más importante que cualquier otro detalle, pues habrían de tomarse en cuenta muchos factores, tales como la luz, los vientos dominantes, el humo, la disponibilidad del agua, etc., y de manera preponderante el mobiliario y los utensilios en uso.

En efecto, aparte de combinar su aprovechamiento se debía combinar la estética, aun cuando siempre quedara ésta relegada a segundo término, colocando en primero la frecuencia de uso, sin olvidar que la cocina era el lugar obligado para las tertulias familiares o el arreglo de los asuntos del hogar.

Era lugar reservado por la dueña de la casa para dirigir los destinos de la familia, sin invadir las esferas del padre.

La idea de hacer una descripción de la cocina tiene como propósito recordar y registrar los nombres de los muebles y utensilios que en nuestra época y en las zonas urbanas ya no se usan, quizá por razones prácticas de tiempo, o por que las nuevas tecnologías los han hecho caer en la obsolescencia, pero en los pueblos y en los ranchos aún tienen validez.

Primero demos un vistazo al local; debería ser un cuarto espacioso y de techo alto, por las siguientes razones:

La estufa de leña de cuatro placas, con horno y depósito para calentar el agua en la parte posterior, debido al calor que irradiaba, producía comodidad o incomodidad, dependiendo si era invierno o verano, y era en ese momento cuando resaltaba el hecho de haber considerado o no los vientos dominantes en cada época, porque las ventanas se colocaban con vista a los vientos de verano y se cerraba a los de invierno.

El estrado, que era una especie de tapanco de adobe de más o menos un metro de alto por dos de ancho y uno de fondo, servía para sacar las brasas y asar carne, dorar las tortillas de manteca o para colocar las ollas menuderas. En la parte de arriba tenía un tiro natural que se formaba independientemente de los tubos de la estufa; la pared se decoraba con el comal, la parrilla, el cazo, el atizador.

En la mesa de servicio, donde lo mismo se amasaban las tortillas que se cocinaba la carne y que cubriéndola con un mantel de hule de mesa y un mantel de tela, servía para tomar el café, sobre ella se encontraba invariablemente la azucarera, el salero, el vaso con las cucharas, etc.

El espacio que ocupaba la mesa se ampliaba con el espacio para unas dos o tres sillas. Examinemos ahora el mobiliario de la cocina:

Primeramente el trastero, que era un armario alto compuesto de tres secciones; la parte inferior con puertas de madera que servía para guardar las cazuelas, los sartenes, las ollas, el colador, el rayador; que por su uso estaban tiznados, aunque limpios, pues se lavaban con ceniza. En la parte media tenía dos cajones en los que se guardaban los cubiertos de uso diario, conjunto que por lo regular estaba formado por todos aquellos que iban quedando incompletos de los juegos, ya que cuando se atendía a visitantes de menos confianza se usaban los cubiertos de lujo que se guardaban en cajas de madera en otro lugar.

En la parte superior, con sus puertas de vidrio, se guardaban las vajillas de mesa, desde la orgullosa sopera hasta las charolas de cristal, sin olvidar los servilleteros de metal y las azucareras de vidrio. Frente al orgulloso trastero se encontraba el armario de la carne, que era una caja de alambre mosquitero, con puertas corredizas sobre unas patas lo suficientemente altas para que no la alcanzara el gato; tenía sus garabatos o ganchos para colgar la carne, para que le diera el aire por los cuatro costados y evitar que se abochornara.

Las patas largas del armario se colocaban dentro de latitas llenas de agua o kreso para que no llegaran las hormigas, las cucarachas o cualquier otro bicho.

A su lado estaba la mesa del molino; era una mesa tosca y fuerte, donde se encontraba el molino del café y el molino de la carne, fuertemente atornillados y, ahi mismo, se colocaba el molino de granos, que al terminar la faena se quitaba y se lavaba perfectamente.

Era la mesa que menos les gustaba a los muchachos de la casa, por que sólo significaba trabajo. Existían dos tinajas de barro con agua, una para beber y la otra para el uso de la cocinera, y se distinguían entre sí porque la primera estaba a la entrada, en su orqueta triple con su vaso o jícara para tomar agua; la segunda estaba cerca de la estufa y por lo regular tenía sobre ella una colita para disponer de más agua.

En algunas casas se utilizaban tinajeros con una especie de faldón, donde el agua que escurría, servía para conservar ciertas verduras frescas para su uso en el momento requerido.

Cuando había agua corriente se colocaba una llave sobre una pila y hacía las veces de lavaplatos. Aparte de estos muebles, existían otros que sin tener el mismo tamaño, se utilizaban para hacer el trabajo de mejor manera o menos pesado, veamos ahora estos muebles y útiles:

La testera, que era una superficie formada por un conjunto de varas de paloblanco o mauto, atadas con alambre o cuero y se colgaba del techo lejos de los ratones; por lo regular se colocaban allí aquellos productos que tenían que escurrir; generalmente se situaba tras el rincón de la estufa.

El tanate, cuyo uso es más antiguo, consistía en una bolsa de cuero crudo que se colgaba y servía como espacio para guardar productos, evitando que se secaran rápidamente.

El resto de los utensilios menores lo constituían: el metate, que servía para moler más fino cualquier material, estos metates eran traídos de los pueblos, y cuando quedaban lisos por el uso, se llevaban a picar con un artesano. El comal era una pieza artesanal hecha de barro en forma cóncava, con la parte superior pulida, que hacían los aborígenes y era utilizado  para hacer las tortillas, y como adorno se colocaba en la pared del estradocon la parte lisa hacia afuera; posteriormente se sustituyeron por piezas de lámina y discos de arado.

La piedra de machacar con su correspondiente mano, la piedra de amolar, todos éstos eran reminiscencia de los originales de la región.

El cernidor que era una caja de madera con fondo de lámina, llena de perforaciones que servía para sacar la basura y la tierra del frijol antes de limpiarlo de piedras y otras basuras mayores.

No existía desperdicio:

El cajete para tostar el café con su correspondiente cuchara, era el aprovechamiento de algún cajete que se golpeaba y su cuchara hecha de madero o la de peltre desportillada por su uso anterior.

El cazo de cobre lo mismo servía para hacer los chicharrones, como para hacer el dulce o la cajeta de la fruta que se tenía que conservar en esa forma.

Sin que sean todos los utensilios, he dejado al final la batea porque era en sí misma una verdadera obra de arte: la bandeja de amasar, pues, era en realidad una bandeja de madera, de más o menos uno o dos centímetros de espesor, y de un diámetro de iba de 50 a 100 centímetros, hecho de una sola pieza, y no debía tener rajaduras, para evitar que se filtraran los líquidos.

La cocina, entonces, no era el salón decorado de muebles integrales, sino muebles prácticos, que además daban un ambiente acogedor y familiar a ese lugar.

Referencia: sic.conaculta.gob.mx

Agradecimientos Especiales a:

Ernesto Camou Healy
Autor

Gobierno del Estado de Sonora

Ing. Eduardo Bours Castelo
Ex-Gobernador Constitucional

Lic. Arnoldo Soto Soto
Secretario de Educación y Cultura

Dr. Fernando Tapia Grijalva
Director General del Instituto Sonorense de Cultura

Lic. Iván Figueroa Acuña
Coordinador de Publicaciones del ISC

Edición: Lic. Gabriela Soto Soto

Diseño de interiores y portada: Lic. Aarón Lima/Lic. Fernando Andrade

comentarios
  1. Ernesto Camou Healy dice:

    Excelente que se difunda.. mal que no se dé crédito a los autores… los texctos son de autoría mía, Ernesto Camou Healy… y las recetas se recopilaron con un equipo de especialistas y conocedores.. por favor den los créditos a quién los escribió…
    Ernesto Camou Healy

  2. obson dice:

    Ya estaba indicado dentro del Texto Ernesto, de cualquier manera lo indicamos de nuevo al Pie de la Nota, Saludos!

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