EL INTERÉS EXPANSIONISTA NORTEAMERICANO EN SONORA,
1848-1861

Ana Rosa Suárez Argüello, http://www.historicas.unam.mx/moderna/ehmc/ehmc11/139.html
Introducción

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Después de la independencia, la larga frontera común con los Estados Unidos constituyó una fuente de problemas para México. El aumento de población, el desarrollo económico, los intereses políticos y su “destino manifiesto” hacían sentir a los norteamericanos la necesidad de la expansión. La adquisición de Texas, California y Nuevo México satisficieron, en parte, esta necesidad, mas no fue suficiente. Los defensores de la expansión mostraron entonces un gran interés por Sonora. No dudaban de que, con el tiempo, aquella provincia formaría parte de su país y que sus abundantes recursos agrícolas, mineros y comerciales serían debidamente explotados por sus conciudadanos.

El anhelo expansionista permeaba todos los niveles de la sociedad, desde el popular hasta el gubernamental. Todas las provincias, del Atlántico al Pacífico -en especial California-, contemplaban codiciosas el noroeste de México. El resultado fue la organización de una serie de empresas de filibusteros, con la anexión de Sonora a los Estados Unidos como meta principal.

El gobierno yanqui mostró la misma actitud expansionista que el pueblo. Unos más, otros menos, los funcionarios apoyaban aquello que contribuyese a la ejecución del destino nacional. El galardón lo conquistó el presidente Buchanan, quien defendió públicamente al pirata Henry A. Crabb.

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El Filibustero, Henry A. Crabb

Es en esta problemática en la que se encuentran los objetivos del presente estudio. De manera general, no se pretende más que aclarar un aspecto poco estudiado de las relaciones entre México y los Estados Unidos y contribuir, de tal forma, a una mejor comprensión de sus historias. Fundamentalmente, se trata de describir los sentimientos expansionistas reinantes en Estados Unidos entre 1848, fecha de la firma del Tratado de Guadalupe-Hidalgo, y 1861, año este en que estalló la guerra de Secesión. Seguidamente se caracterizan estos sentimientos en el estado de California y se refieren las empresas filibusteras a que dieron lugar. Finalmente, se examina la política seguida en torno al tema de la expansión sobre Sonora por parte del gobierno norteamericano durante esos mismos años.
Los intereses populares

La leyenda de la riqueza de Sonora se inició en 1736 con el descubrimiento de las minas conocidas como “Planchas de Plata”. En ellas, se dijo, el mineral de plata era tan puro que podía recogerse en grandes esferas o pepitas. El descubrimiento atrajo mucha gente a la zona y de inmediato se formó un campo minero. Fue entonces cuando las autoridades del lugar reclamaron las minas para el rey de España y en 1741 un decreto real cerró su explotación a mineros particulares. Sin embargo, las minas fueron pronto abandonadas por las mismas autoridades españolas. Las razones pudieron ser varias. Parece ser que, si para 1741 las minas no estaban exhaustas, las dificultades que se presentaron para la extracción del mineral resultaron difíciles de superar. (El muy alto costo, el peligro de los indios, el derecho del quinto real, y luego del décimo, la falta de mercurio -indispensable para el beneficio de la plata-, así como el hecho de que en la Nueva España sólo hubiera una casa de moneda o ensayo y que se tuviese que enviar los metales a la ciudad de México para conocer su ley, etcétera.)

Al final de la época colonial, Humboldt difundió en el mundo la leyenda de la riqueza de Sonora y señaló que en la provincia la minería se veía entorpecida “por las incursiones de indios salvajes, la excesiva carestía de los víveres y la falta de agua suficiente para los lavados Pero también afirmó que aquella región era “el Chocó de la América septentrional”, que en ella se habían encontrado “pepitas de oro puro de peso de dos o tres kilogramos” y que “todas las quebradas y aun los llanos tienen oro de levadura diseminado en terrenos de aluvión o acarreo”.[ 1 ]

Después de la Independencia, la leyenda de la riqueza de Sonora persistió y ejerció atracción especial sobre muchos norteamericanos. El interés aumentó al descubrirse oro en Sutter’s Mill, cerca de Sacramento, California, en 1848. En efecto, se pensó que en Sonora, tan cercana a aquel lugar, debían existir numerosas minas. Durante el verano de 1851, cuando un grupo de californianos hizo un recorrido de exploración por el valle del río Gila y dio parte del descubrimiento de yacimientos de oro y plata, la idea se confirmó. Durante los años siguientes abundaron los escritores contagiados por la “fiebre del oro” que ponderaron las riquezas de Sonora y despertaron el interés por la región.

Mas no fue sólo la supuesta riqueza sonorense la que atrajo a los habitantes de los Estados Unidos de Norteamérica. A mediados del siglo XIX, Sonora constituía una meta del expansionismo popular estadounidense. Algunos sostenían que la única solución de la constante inestabilidad mexicana se encontraba en el establecimiento de un protectorado norteamericano sobre el noroeste, con el propósito final de anexárselo. Otros decían que sólo así se evitarían las reclamaciones que ocasionaba la falta de vigilancia en las fronteras y se protegería, además, no sólo a los mismos habitantes de Sonora, Chihuahua y Coahuila -en donde al parecer había un partido anexionista, en su mayoría compuesto por norteamericanos-, sino a los ciudadanos estadounidenses que tenían invertidos miles de dólares en Sonora, sobre todo en plantaciones, de algodón y minas de plata y cobre.[ 2 ] Por ejemplo, el caso de John Robinson, un yanqui que se había establecido en la región poco después de la independencia mexicana; dueño de grandes latifundios y de casi todo el puerto de Guaymas, era además cónsul de su país en el puerto y, como si fuera poco, el jefe de los anexionistas.

Los pobladores de la nueva propiedad norteamericana de Arizona tenían especial interés en la anexión de Sonora. Daban varias razones. Separados de San Francisco y de Santa Fe por regiones inhospitalarias -que sin embargo contaban con buenos caminos-, las provisiones sonorenses resultaban indispensables y los aranceles que cobraban las aduanas eran muy altos. Además, las mejores rutas de comunicación con el océano Pacífico atravesaban Sonora. Más aún, Guaymas, considerado a menudo el mejor puerto mexicano del Pacífico, era punto esencial para el desarrollo de sus propiedades; entre otros motivos, porque debía convertirse en la terminal de un ferrocarril que uniría Arizona y el suroeste de los Estados Unidos con el océano. Reflejo de estas ideas fue una declaración del Weekly Arizonan del 3 de marzo de 1859: “La adquisición de Sonora no puede ser sino una cuestión de tiempo. Su posesión es virtualmente necesaria para el establecimiento y desarrollo de toda la gran extensión del pass entre el Colorado y el Río Grande”.[ 3 ]

No sólo los residentes de Arizona deseaban la anexión de Sonora. Muchos ciudadanos de Nueva York, Illinois, Ohio, Tennessee y Missouri la demandaron al Congreso de los Estados Unidos cuando se reunió en diciembre de 1857. Les interesaban tanto las minas y los fértiles valles como la protección de la nueva ruta del correo del sur a California. Durante estos años, las voces populares hablaron de comprar tierras sonorenses. Algunas, más ambiciosas, anhelantes de que se llevase a cabo la absorción de la región, elaboraron planes para constituir sociedades de ayuda a los inmigrantes y también partidas de filibusteros. Robert P. Letcher, ex ministro norteamericano en la ciudad de México, se hizo eco del clamor, en agosto de 1859, cuando pidió a su presidente que comprase el estado mexicano de Sonora.

Es importante recordar la creencia popular, extendida en los Estados Unidos, de que Francia abrigaba ciertos designios respecto a la América española. El libro de Hippolyte du Pasquier de Dommartin, francés que había recorrido Sonora y Chihuahua de 1849 a 1850, produjo numerosos comentarios en la prensa y en el Congreso norteamericanos. En Les États-Unis et le Mexique: l’intérêt européen dans l’Amérique du Nord (1852), Dommartin se mostraba convencido de que los Estados Unidos planeaban construir un ferrocarril transcontinental que acortara la ruta entre el océano Pacífico y el océano Atlántico para lo que sería necesario apoderarse del norte de México, pues las únicas tierras adecuadas para la construcción del ferrocarril -el Paso del Norte y el valle del Gila- se encontraban en esa región. El ferrocarril permitiría que los Estados Unidos controlaran todo el mercado de América del Norte, en detrimento de la industria y el comercio europeos. Vislumbraba una grave situación. Empero, el viajero galo creía que Europa estaba a tiempo de conjurar el peligro norteamericano, si fortalecía el territorio de Sonora y Chihuahua a través de la colonización. Era preciso “que vigorosos colonos europeos católicos vinieran a ocuparlo, con una mano en el arado y otra en el mosquete”. Los colonos encontrarían ahí, no sólo “la fácil subsistencia de las tierras vírgenes y la fortuna metálica de California”, sino también “las ventajas especiales que resultan de una posición que comunica los dos mares y controla una ruta obligatoria”. Dommartin daba gran importancia a su proyecto de colonización en Sonora y Chihuahua: pensó que estos dos estados formaban “la llave que abre el continente americano”; apuntó que “es de interés de Europa, y de Francia en particular, y de un interés apremiante, darse prisa en ayudar a México poblándolo, si no se quiere ver dominado […] este refugio supremo de las razas latinas”.[ 4 ]

Cabe señalar que las aventuras sonorenses de otro francés, el conde Gastón de Raousset-Boulbon, causaron gran escándalo. Se consideró que formaban parte integrante de un bien ideado plan imperialista de Francia con el propósito de poner un valladar a los Estados Unidos en las fronteras que había alcanzado en ese momento. Lewis Cass, senador por Michigan, declaró que se podían esperar otros atentados de la misma naturaleza “a menos que otros se previnieran y anticiparan por medio de una pronta, valiente y decisiva declaración, lista a respaldarse con todos los medios a nuestro alcance”.[ 5 ] Afortunadamente para México, el Senado norteamericano no tomó en consideración las advertencias de Cass.
Los intereses particulares

Una zona especialmente interesada en la expansión sobre el noroeste de México fue California. Después de la firma del Tratado de Guadalupe-Hidalgo y del descubrimiento del oro en 1848, miles de pobladores llegaron a establecerse en el nuevo territorio norteamericano. Muchos de ellos empezaron a considerar la posibilidad de establecerse en Sonora, atraídos por la legendaria riqueza de sus minas, fertilidad de sus tierras y por la debilidad del gobierno mexicano para defenderlas.

La primera agresión tuvo lugar poco después de que México perdió definitivamente California y Nuevo México. Dieciocho norteamericanos penetraron hasta el sur de Sonora y atacaron Nuri, en el distrito de Álamos; después de robar e incendiar el pueblo, huyeron hacia el norte. Perseguidos, tuvieron que abandonar la mayor parte del botín, aunque lograron llevarse once cabezas de ganado y algunas otras cosas. Pese a que el asunto puede considerarse como un asalto ocasional sin un plan preconcebido, manifiesta claramente lo viable, lo fácil que resultaba invadir territorio mexicano.

Algunos de los inmigrantes que se dirigían a California en busca de oro, cruzaban la frontera con alguna frecuencia y, para aprovisionarse en su larga marcha hacia el occidente, saqueaban pueblos indefensos. Así sucedió en la primavera de 1849 en el mineral de Cieneguita, al noroeste de Sonora. Meses después, una partida de indios pápagos, enviados por el gobierno estatal contra los apaches, descubrió que la ranchería apache que iban a atacar estaba defendida por una fuerza norteamericana. Según los pápagos, los norteamericanos habían mandado a los apaches a robar ganado, que luego compraban y que aprovechaban los emigrantes en su viaje a California.

Luis de la Rosa, embajador mexicano ante la Casa Blanca, así lo notificó al Departamento de Estado en abril de 1850. Al parecer, algunas de estas partidas yanquis se consideraban emisarias del gobierno de los Estados Unidos. Lo cierto es que, pese a las protestas oficiales de México y aun considerando que su responsabilidad ante agresiones contra los mexicanos era sólo relativa, las autoridades de Washington no pusieron remedio alguno a la situación.

No todos los inmigrantes que usaban la ruta de Sonora para llegar a California eran gente agresiva. Aunque las veredas sonorenses se utilizaban poco, puesto que eran poco conocidas y por el temor que despertaba la hostilidad de los provincianos, los viajeros que las recorrieron al llegar a su meta californiana acrecentaron el interés por el noroeste de México. Transmitían no sólo las consejas relacionadas con las fabulosas riquezas de Sonora, sino también una valiosa información sobre la debilidad y las escasas defensas del infortunado país vecino. De este modo fueron inevitables otras acometidas contra México, por parte de los angloamericanos y de los europeos recientemente establecidos en California. No se les podía pedir que actuasen de otra manera. Su propio gobierno -por nacimiento o por adopción- les había dado el ejemplo al invadir el país del sur en 1847. Y ellos, que se sentían disgustados porque no se había obtenido más territorio en el Tratado de Guadalupe-Hidalgo, deseaban emular a Stephen Austin y a John C. Frémont que, en Texas y en California, habían colaborado en forma brillante en la realización del destino nacional. Naturalmente pensaban con agrado en la posibilidad de hacer lo mismo en Sonora, en especial cuando algunos ciudadanos mexicanos los invitaban a hacerlo.

Los angloamericanos no creían que en Sonora, como en California, tuviesen mayores dificultades para llevar a cabo una revolución. Después de todo, aquella provincia de México, debilitada tanto por los ataques de los indios cuanto por los inmigrantes que la atravesaban, escasamente podría defenderse. Podrían apoyarse, además, en el incipiente movimiento separatista sonorense.

La prensa de California contribuía a difundir el espíritu expansionista y la creencia en una posible anexión de Sonora. Se aseguraba que la región “proveería a toda la costa del Pacífico con casi todas las clases de granos, si la raza anglosajón extendiese su territorio sobre el suelo dorado”.[ 6 ] Se decía también que un grupo de californianos, después de explorar el valle del río Gila, habían encontrado oro y plata en lugares accesibles.[ 7 ]

Periódicos como el Alta California y el Daily Alta California comentaron con frecuencia las expediciones de filibusteros que tomaban San Francisco como base de operaciones y Sonora como meta y, si bien no las apoyaron abiertamente, tampoco las llegaron a desaprobar con severidad. La prensa reprodujo opiniones de viajeros recién llegados de Sonora, descriptivas del movimiento que demandaba la anexión a los Estados Unidos y de la triste condición de la región. Llegó a afirmar que los sonorenses ” ‘no pueden protegerse a sí mismos, y el gobierno no puede protegerlos, su única esperanza es una guerra y la ocupación de su territorio por las tropas de los Estados Unidos’ “.[ 8 ] Por eso urgía a sus gobernantes a intervenir.

Es interesante relatar la reacción provocada el 24 de enero de 1854 cuando el Daily Alta California, junto con otros periódicos, anunció la llegada de un vapor del este con la noticia de que se había comprado a México un extenso territorio: Baja California, Sonora y partes de Chihuahua y Sinaloa, hasta el paralelo treinta y cinco. Aunque pronto fue rectificado -sólo se habían adquirido el valle de La Mesilla y la cañada de Guadalupe-, el rumor causó conmoción en California. Las inmensas riquezas minerales de Sonora por fin eran accesibles. Ante la perspectiva, numerosos californianos ambiciosos comenzaron a salir en pos de los nuevos yacimientos auríferos.

La primera expedición filibustera deliberadamente planeada y bien organizada fue la de Joseph C. Morehead, intendente general del ejército de los Estados Unidos. En la primavera de 1851, Morehead había preparado una partida punitiva contra los indios yuma. Ésta no se llevó a cabo. Al parecer, invitado por los elementos separatistas de Sonora y Baja California, el intendente se propuso entonces la anexión de estas provincias a la Unión. Vendió una parte de las armas y municiones puestas a su cuidado y con los fondos obtenidos compró una barca, la Josephine. Equipados con la parte restante del aumento, reunió a varios grupos de filibusteros que partieron de San Francisco rumbo al noroeste de México. Al final, la expedición de Morehead fracasó: sus miembros desertaron por falta de provisiones, las riñas y la oposición de las autoridades de California, todavía más escrupulosas al respecto de lo que fueron unos cuantos años después. Una ley federal había prohibido, en 1818, las actividades filibusteras. Aunque posteriormente Morehead fue juzgado por robo, su proyecto sirvió de sustento a otros, mejor organizados y desarrollados, y con menos trabas en las disposiciones legales norteamericanas.

Uno de ellos fue el conde Raousset-Boulbon, antiguo oficial del ejército francés y ex político que había sido candidato a diputado de la Asamblea Legislativa después de la Revolución de 1848. El conde dirigió, entre 1852 y 1854, dos empresas filibusteras en México. Sus hombres eran, en su mayoría, franceses radicados en California. Sus propósitos: explotar las minas y placeres de Sonora, colonizarla y proclamar su independencia. Fracasó. Fue derrotado, en julio de 1954, y ejecutado, un mes después, por los sonorenses leales a México.

Raousset había proclamado como uno de sus objetivos el de detener la expansión de los Estados Unidos, cada vez más interesados en el noroeste mexicano y cuyo creciente poderío “en diez años más no consentiría en Europa un solo disparo de cañón sin su permiso,[ 9 ] empero, sus aventuras causaron gran admiración en Norteamérica y confirmaron la leyenda de la riqueza de Sonora. Los periódicos californianos se extendieron sobre el asunto. Aseguraron que “la expedición francesa […] [había] servido para verificar la opinión respecto a la inmensa riqueza mineral de Sonora”.[ 10 ]

Relacionada con la de Raousset, la historia que se relata acerca del mayor Richard Roman, cónsul estadounidense en Guaymas, en aquella época, no parece tener absoluta veracidad. Sin embargo, refleja en cierta forma el interés de algunos especuladores de San Francisco en la región sonorense. Román, que les debía su nombramiento, tenía instrucciones de protestar, en caso de que el conde triunfase, contra una supuesta anexión de Sonora a Francia. Además, debería mantener sobre él una amenaza de intervención de los Estados Unidos, forzándolo de tal manera a otorgarles concesiones de tierras. La derrota de Raousset echó abajo sus planes.

Durante estos mismos años, el noroeste de México sufrió el embate de otro filibustero, William Walker, abogado de Tennessee; como muchos otros, había emigrado a California en busca de fortuna. Al no hallarla, en junio de 1853 se trasladó a Guaymas con el proyecto aparente de establecer, con algunos de sus compatriotas, una colonia en Sonora. Aunque no se le concedió la autorización, su estancia sirvió para que se convenciera de que podía posesionarse del estado y con un pequeño grupo de hombres contener las invasiones indígenas. Con estas ideas en la mente, Walker regresó a San Francisco. Formuló el proyecto de revolucionar Sonora e interesó en él a varias casas comerciales. De lograr un levantamiento -pensaba- estallarían revueltas en otros estados mexicanos, los que, a ejemplo de Texas, podrían ser fácilmente absorbidos por la Unión. En caso de fracasar, se provocaría al menos la intervención de los Estados Unidos, interesados en poner fin al derramamiento de sangre; el resultado final sería el mismo, la absorción.

Acorde con sus planes, en octubre de 1853, Walker salió de San Francisco con cuarenta y cinco hombres, en el bergantín Caroline, propiedad del cónsul estadounidense en Guaymas (lo que hace creer en la participación de este último, con o sin instrucciones superiores). Enterado de que dicho puerto estaba bien defendido, el abogado-pirata dirigió su nave rumbo a Baja California. El 3 de noviembre llegó a La Paz, hizo prisionero al gobernador y declaró una república independiente. Cuando se dio cuenta de que la oposición de los habitantes del lugar era decidida, Walker se embarcó de nuevo y se trasladó a Ensenada. Logró permanecer allí cuatro meses. En ellos se dedicó a someter la región. Gestionó la llegada de refuerzos desde San Francisco. Se proclamó presidente de la nueva república cuya bandera ostentaba dos estrellas: una por Baja California y otra por Sonora. Dictó varias leyes, al parecer semejantes a las del estado esclavista de Luisiana. Por último, el filibustero preparó una invasión a Sonora, pero fracasó ridículamente en el desierto del río Colorado. En mayo de 1854 se vio obligado a huir hacia el norte con los hombres que le quedaban. Cruzó la línea fronteriza, perseguido de cerca por los irritados mexicanos. Ya en su país, tuvo que rendirse a las fuerzas del ejército que le condujeron a San Francisco donde fue sometido a juicio por sus actos de filibusterismo.

Los primeros triunfos de Walker causaron sensación en San Francisco. El pueblo en general -y no sólo en California, sino también en los estados esclavistas del sur- parecía apoyar la empresa y no dudaba de su éxito final. Por lo pronto, se formaron varias compañías en diversas poblaciones californianas, como San Francisco y Sacramento, para aprovechar los recientes acontecimientos. Ingenuamente, J. S. Morentrout, cónsul de Francia en Monterrey, California, escribió a su gobierno que no podía explicarse cómo “toda la población americana puede aprobar semejantes actos y considerar las agresiones de una banda de piratas como hechos importantes, que permitan resultados ventajosos y gloriosos para el pueblo de Estados Unidos”.[ 11 ] Tal vez no quería aceptar que, detrás de tales actos, se escondía un estilo de vida, el cual también explicaba el sentimiento popular expansionista de los Estados Unidos.

Al comenzar el año de 1854, el presidente Franklin Pierce había expedido una proclama en contra del filibusterismo como parte del todavía no ratificado Tratado de La Mesilla. En consecuencia, Walker fue detenido y se ordenó a la corbeta de guerra Portsmouth, la cual patrullaba las aguas del golfo de Baja California, que actuase en contra de las expediciones piratas. Pero la actitud de las autoridades de California no fue tan clara como la de su presidente: ya no sólo manifestaban poca reprobación por los actos de los filibusteros, sino inclusive indiferencia. Walker fue exonerado de la acusación que se le había hecho a él y a sus asociados.

Es cierto, también, que no todos los miembros del gobierno federal norteamericano actuaron como Franklin Pierce. Cuando el general E. A. Hitchcock, comandante de California, detuvo, a instancias del gobierno mexicano, al buque Arrow, cargado de rifles y municiones para los “colonos de Walker, el secretario de Guerra, Jefferson Davis, conocido expansionista y futuro presidente de los Estados Confederados, lo sustituyó con el general John E. Wool. Éste, que había recibido órdenes de no intervenir en asuntos de la competencia de las autoridades civiles, decidió no interferir en las expediciones filibusteras. La consecuencia fue que éstas florecieron hasta el advenimiento de la guerra de Secesión, en abril de 1861.

De San Francisco salió, en 1855, el almirante Jean Napoleón Zerman, ex oficial de la marina francesa, a la cabeza de una expedición de franco-californianos que, según parece, tenían la intención de iniciar una revolución en Sonora y Baja California. Desembarcaron en La Paz con el pretexto de tener una autorización del general rebelde Juan Álvarez para bloquear puertos y detener los barcos que apoyaran al dictador general Antonio López de Santa Anna. Sus planes fracasaron pues el comandante militar de La Paz no le creyó. Tanto Zerman como sus compañeros pasaron varios meses en prisión.

La siguiente invasión del territorio mexicano tuvo lugar a principios de 1857. La dirigió Henry Alexander Crabb, abogado originario de Tennessee, como su amigo William Walker. En 1849 se había trasladado a California, donde destacó rápidamente en el campo de la política. De 1851 a 1853 fue miembro de la Asamblea Legislativa del estado. Sus agresivas opiniones esclavistas lo descalificaron en las elecciones senatoriales. Crabb visitó Sonora en 1857; según él, con objeto de adquirir tierras. No iba solo, lo acompañaban varios colaboradores. Más, al ver que la guerra civil asolaba la región, regresó rápidamente a California para preparar una verdadera expedición militar. Quería brindar su apoyo a la facción de Ignacio Pesqueira, quien luchaba contra la de Manuel María Gándara. Aunque Crabb aseguraba que su propósito era apoyar al pueblo sonorense, que le había pedido su ayuda para independizarse de México,[ 12 ] deseaba en el fondo que sus actividades propiciaran la anexión de Sonora a los Estados Unidos.

Alentado por el éxito que Walker tenía entonces en Nicaragua, donde se había proclamado presidente en julio de 1856, el abogado de Tennessee organizó una compañía, aparentemente con propósitos colonizadores: la Arizona Colonization Company. Los hombres que se le unieron, en su mayoría inmigrantes de los estados sureños, estaban convencidos de la honorabilidad de su misión: agrandar la esfera de los estados esclavistas y si bien buscaban la gloria de su nación, no por ello dejaban de codiciar riquezas y fama.

Crabb dejó San Francisco en enero de 1857, con algo más de cien partidarios armados. Desembarcó en San Pedro, California, y de allí avanzó por tierra rumbo al desierto de Altar. Como se había hecho costumbre, las autoridades de su estado adoptivo no hicieron nada por detenerlo. No gozó de su estímulo, mas sí de perfecta impunidad. Al llegar a Sonora, Crabb declaró que se presentaba como amigo, aunque estaba presto a considerarse enemigo de aquellos que pretendiesen poner obstáculos a sus propósitos. Sostuvo que deseaba la paz, pero que los hombres que lo acompañaban y los mil que estaban por llegar, no vacilarían en emplear las armas para defender “sus derechos”.[ 13 ] En Sonora, Pesqueira, que había derrotado a Gándara, no sólo no aceptó la oferta de Crabb sino que organizó la resistencia contra los invasores. Crabb fue conminado a abandonar el país, pero respondió que sus refuerzos llegarían pronto y prosiguió su marcha. En Caborca, el núcleo principal de sus colaboradores fue sitiado y, después de varios días de asedio, se rindieron los que aún estaban vivos. Todos, salvo un niño de doce años, fueron pasados por las armas. La reacción en los Estados Unidos fue violenta. En sus mensajes al Congreso de 1859 y 1860, el presidente James Buchanan pidió autorización para entrar a México con fuerzas militares y evitar así que continuasen los daños a ciudadanos y bienes norteamericanos; la prensa estadounidense levantó, entre sus lectores, oleadas de indignación. Hubo además, algunos incidentes en la frontera. Sin embargo, el castigo impuesto a Crabb y a sus hombres fue tan efectivo que ya no hubo otra verdadera expedición filibustera contra México en el siglo XIX.[ 14 ] Mostró, además, la firme resolución de los sonorenses para resistir cualquier invasión de sus vecinos del norte.
Los intereses gubernamentales

Es evidente que no sólo el pueblo de los Estados Unidos deseaba la expansión sobre Sonora y las zonas vecinas, también su gobierno la quería. De hecho, intentó lograrla en varias formas. La más utilizaba fue, sin duda, la presión diplomática.

Durante le gobierno de James K. Polk (1847-1851) se había dado una guerra con México. El resultado fue el Tratado de Guadalupe-Hidalgo, ratificado por el Senado norteamericano el 10 de marzo de 1848. Por él, los Estados Unidos se encontraron repentinamente poseedores de una región gigantesca, la que comprende los actuales estados de California, Nevada y Utah, gran parte de Nuevo México y Arizona, y partes de Wyoming y Colorado. El primer avance norteamericano había el suroeste se había realizado.

No fue sino hasta la administración de Franklin Pierce (1853-1857) cuando se dio el siguiente paso. Los Estados Unidos se proponían adquirir un territorio considerado para tender una vía de ferrocarril que uniría las provincias del este con California. Para ello firmaron con el gobierno mexicano el Tratado de La Mesilla el 30 de diciembre de 1853.

El general James Gadsden, embajador de Pierce en la ciudad de México, fue el encargado de negociar con el gobierno de Santa Anna. Gadsden ofreció cincuenta millones de dólares por la cesión de la mayor parte de Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas y toda la extensión de Baja California. Durante estas negociaciones, William Walker, en el norte, proclamaba la república de Baja California y Sonora. El dictador Santa Anna debió sentirse presionado. Sin embargo, no aceptó. Gadsden tuvo que conformarse con mucho menos.

Con el Tratado de La Mesilla, mejor conocido en los Estados Unidos como la Compra de Gadsden, los norteamericanos adquirieron el valle de La Mesilla y la Canadá de Guadalupe. Los exoneró, además, de la obligación contraída en 1848, de impedir las invasiones de indios bárbaros y los comprometió a cooperar con México en la lucha contra las expediciones filibusteras. Naturalmente, el Senado, a instancias del senador por California William M. Gwin, rechazó luego esta última cláusula. México recibió, por la firma del tratado la cantidad de diez millones de dólares.

Con la Compra de Gadsden se completó el imperio continental norteamericano, desde el océano Atlántico hasta el océano Pacífico. No por eso cesaron los embates expansionistas contra México, mismos que durante el gobierno de James Buchanan (1857-1861) alcanzaron un gran vigor.

El presidente Buchanan creía firmemente en el “destino manifiesto” de su país: “extenderse por el continente asignado por la Providencia para el libre desarrollo de nuestros millones de habitantes, que se multiplican con los años”,[ 15 ] concepción de moral puritana que explicaba el hecho de convertirse en el poder más importante del hemisferio occidental. Quizá creía también que el único modo de evitar una guerra civil en los Estados Unidos era unir al norte, abolicionista e industrial, y al sur, esclavista y agrario, en una guerra extranjera contra un enemigo común, de tal naturaleza que despertase el sentimiento nacional. Desde luego, la víctima más factible era México. Buchanan quería evitar que Europa interviniese en los asuntos internos mexicanos y obtener, asimismo, el control de las rutas interoceánicas; la meta era conseguir la cesión de las regiones poco colonizadas del norte mexicano. Sus mensajes al Congreso explicaban su política y defendían el recurso de una intervención militar. Afortunadamente para sus vecinos fronterizos, el Congreso -tal vez preocupado por la lucha fratricida que se anunciaba y sin creer que la solución fuese una guerra en el extranjero- no tomó en cuenta sus recomendaciones.

Los estadistas sureños, que habían brindado a Buchanan todo su apoyo durante las elecciones presidenciales, favorecían también su política exterior. Sostenían que para poder construir las rutas interoceánicas, lo más conveniente era que México hiciese a los Estados Unidos una nueva cesión territorial, o bien que se estableciese sobre dicho país un protectorado. Con el tiempo, la segunda solución daría lugar a anexiones territoriales por parte de la nación más fuerte. Si todo esto fracasaba, los políticos del sur estaban dispuestos a pagar por un nuevo límite, más recomendable para ellos, que redujera los peligros del contacto fronterizo y por ciertos privilegios comerciales y de tránsito, que, en su opinión, favorecerían tanto a la nación norteamericana como al vecino mexicano.

Por lo pronto, el presidente Buchanan puso al tanto de sus proyectos a John Forsyth, embajador norteamericano en la ciudad de México desde 1856. En 1857 le envió instrucciones para comprar la península de Baja California y los territorios de Sonora y Chihuahua, hasta el paralelo treinta. Por ellos podría pagar dote, cuando mucho quince millones de dólares. Debía tratar de conseguir el área completa que se le indicaba. Mas, si no lograba, podía conformarse con una región. Por Sonora y Chihuahua pagaría hasta diez millones de dólares, por Baja California, cinco.

El secretario de Estado, Lewis Cass, dio a Forsyth sugerencias sobre cómo podría convencer a los altos funcionarios de México para que accediesen a sus propuestas. Debía explicarles que las tres provincias en discusión estaban muy lejos de su capital, que los indios bárbaros ocupaban una gran extensión de Sonora y Chihuahua y que si permitían que los Estados Unidos lograsen sus propósitos, eliminarían el peligro indígena y asegurarían el resto de sus provincias. Es claro que el gobierno norteamericano concedía al mexicano una escasa, pero muy escasa, inteligencia, pues no lo consideraba capaz de comprender sus verdaderos propósitos.

En México, las propuestas de Forsyth no fueron bien acogidas. Durante su gobierno, el presidente Ignacio Comonfort se negó varias veces a considerar una cesión territorial. Empero, hubo un momento en que pareció que las circunstancias favorecían al embajador: cuando Comonfort pidió un préstamo de 600 000 dólares para pagar a las tropas. Forsyth sacó de nuevo del cartapacio el asunto que le interesaba. Mas fue en vano, pues al final el presidente lo rechazó de nuevo. Más tarde Forsyth aseguró: “de haber tenido yo la posibilidad de hacer un pago adelantado, inmediato y en efectivo, de medio millón de dólares y de ofrecer una cantidad apetecible por los territorios señalados en mis instrucciones […], me habría sido posible conseguir su firma en un tratado de cesión”.[ 16 ]

La guerra civil estalló en México a fines de 1857. Los conservadores, encabezados por Félix Zuloaga, proclamaron su capital en la ciudad de México. Sus enemigos, los liberales, dirigidos por Benito Juárez, tuvieron que huir hacia el norte. Enemigo de los Estados Unidos, ante las dificultades económicas, el gobierno conservador tuvo que recurrir al embajador. Forsyth aprovechó la oportunidad para presentar sus proposiciones, pero, tras un estudio detenido, la oferta de compra territorial fue rechazada. Forsyth no perdió definitivamente las esperanzas. Pensaba que siempre habría una forma de cortar las vacilaciones o la entereza del gobierno mexicano. Y así lo propuso al suyo:

¿Queréis Sonora? La sangre americana vertida cerca de sus límites os autorizaría a tomarla. ¿Queréis otro territorio? Mandadme la autorización para poner un ultimátum por los varios millones que México debe a nuestro pueblo por expoliaciones y agravios personales […]. Decid a México […]. No podéis seguir haciendo de perro del hortelano […]. Dadnos lo que pedimos, en cambio de los beneficios evidentes que nos proponemos conferiros, o lo tomaremos.[ 17 ]

A fines de mayo de 1858, Zuloaga mandó llamar otra vez al embajador norteamericano. Le declaró que carecía totalmente de re-cursos económicos y le ofreció acceder a la cesión territorial. Para ello estaba dispuesto a despedir al único miembro del gabinete que se oponía. Forsyth se llenó de optimismo, pero al día siguiente se enteró de que Zuloaga había cambiado de parecer una vez más. Furioso, el ministro mando pedir sus pasaportes.

En su mensaje anual al Congreso el 6 de diciembre de 1858, el presidente Buchanan manifestó su preocupación por el estado de “violencia y anarquía” que prevalecía en la República Mexicana y por las depredaciones de indios hostiles que recorrían impunemente el noroeste de México y el suroeste de los Estados Unidos. Declaró que era de suma importancia que una cadena de poblaciones se extendiese a lo largo de la frontera, con suficientes habitantes como para defenderse a sí mismos y al correo de California, recientemente establecido entre las posesiones norteamericanas en el Atlántico y en el Pacífico. Para remedio de estos males, el presidente recomendó seriamente al Congreso “que el gobierno de los Estados Unidos asuma un protectorado temporal sobre las porciones al norte de Chihuahua y Sonora y establezca puestos militares en ellas”.[ 18 ]

Buchanan señaló en el mismo mensaje que su gobierno tenía motivos abundantes -los atropellos sufridos por ciudadanos estadounidenses- para recurrir a las hostilidades contra el gobierno conservador y que, si este último triunfaba, toda esperanza de un arreglo pacífico se desvanecería. Buchanan esperaba que triunfasen los liberales, quienes, al parecer, mostraban una actitud más amistosa. De lo contrario concluía -y para ello reproducía casi textualmente la receta de Forsyth-, él mismo recomendaría al Congreso la ocupación de una parte remota y despoblada de México -probablemente Sonora- y su retención hasta la satisfacción de todos los agravios.

Después de la declaración de Buchanan, José María Mata, el embajador de Juárez en Washington, sintió la esperanza de que su gobierno fuera reconocido. Mas Buchanan no tenía ninguna prisa. Se le había dicho que Robles, un destacado conservador mexicano, llegaría en pocos días con proposiciones favorables, entre ellas, la compraventa de Sonora y Chihuahua. Por tanto, juzgó que le convenía esperar y ver qué ventajas se podían sacar de la indefinida situación en que se hallaba México. Pese a la desesperación de Mata, quien a veces vislumbraba un panorama demasiado ensombrecido, la balanza se inclinaba a favor de los liberales mexicanos. Recientemente, Buchanan había enviado a Veracruz, sede de los juaristas, a William B. Churchwell, un agente confidencial del Departamento de Estado, con la misión de sondear el terreno. Debía ponerse al habla con el gobierno liberal, en busca de bases para el entendimiento previo al reconocimiento oficial.

Churchwell envió a su presidente, el 22 de febrero de 1859, un mensaje confidencial. En él apoyaba el reconocimiento de Benito, Juárez. Anexaba un memorando[ 19 ] elaborado con Melchor Ocampo, el encargado de las relaciones exteriores, en el que se indicaba la disposición de los liberales a negociar, inclusive sobre la base de una cesión de Baja California y de los derechos de tránsito a perpetuidad a través del istmo de Tehuantepec y de otras rutas del río Bravo a Mazatlán y Guaymas. Es importante señalar que los deseados territorios de Sonora y Chihuahua no se aceptaban como punto de una futura discusión.

Cuando llegó a sus manos la nota de Churchwell, Buchanan resolvió el reconocimiento, aunque condicionado. El 7 de marzo llamó al Departamento de Estado a Robert McLane, senador por Maryland, para comunicarle su designación como ministro de los Estados Unidos en México y proporcionarle una serie de poco claras instrucciones. En efecto, se dejaba a su arbitrio el problema del reconocimiento e incluso abierta la posibilidad de continuar su viaje hasta la capital para otorgarlo a los conservadores de Miguel Miramón, si Juárez no se plegaba a las exigencias de la Casa Blanca, es decir, a aceptar el memorando Churchwell-Ocampo.

Ante el gobierno establecido en Veracruz, el embajador norteamericano insistió en que se le dijese si se respetarían las conclusiones del citado memorando. Los liberales se vieron en un aprieto. Si bien deseaban fervientemente el reconocimiento de los Estados Unidos, no tenían el menor interés en ceder Baja California o en otorgar privilegios excesivos en relación con las rutas de tránsito que se pretendían. Durante varias semanas, Ocampo dio largas a McLane. Finalmente, la creciente debilidad de Miramón le permitió ofrecer al senador de Maryland una gran amistad y manifestarle su deseo de arreglar en forma satisfactoria los problemas entre los dos países. Pero nada más. El cambio en el frente doméstico mexicano resolvió a McLane. Sin presionar más sobre la cuestión de las ofertas hechas a Churchwell, el 6 de abril de 1859 extendió el reconocimiento de los Estados Unidos a Juárez, y al siguiente día fue recibido oficialmente por el presidente.

Durante los siguientes meses, el embajador McLane y el ministro Ocampo negociaron un tratado, al que Buchanan concedía gran importancia. Las discusiones no fueron fáciles. Aunque el presidente yanqui había abandonado la idea de anexar a su país la mayor parte de Sonora y de Chihuahua -ahora sólo quería Baja California-, McLane, que consideraba que el estado de Sonora tenía el destino de ser norteamericanizado, debió insistir en este sentido. Por su parte, Ocampo tuvo que oponerse, firmemente, a toda cesión territorial.

Culminó la negociación con el Tratado McLane-Ocampo, mismo que el gobierno liberal firmó en diciembre de 1859. Los Estados Unidos obtenían el derecho de tránsito a perpetuidad por el istmo de Tehuantepec y por dos rutas a través del norte de México: de Nogales a Guaymas, por Magdalena y Hermosillo y, de un punto del río Bravo, en Tamaulipas, a Mazatlán, pasando por Monterrey, Saltillo y Durango; conseguían igualmente puertas libres, en los puntos terminales; al derecho de proteger militarmente esas rutas y de intervenir en casos de extremo peligro, con o sin el consentimiento de las autoridades mexicanas. Los Estados Unidos se arrogan también la facultad de ejercer, a discreción de su gobierno, el mantenimiento y la vigilancia del orden y la seguridad en todo México. A cambio, el gobierno de Juárez recibiría cuatro millones de pesos.

El Times de Londres dedicó al Tratado McLane-Ocampo un amplio comentario y afirmó que “si el Tratado […] llega a ratificarse definitivamente, México desde este momento pasará virtualmente al dominio norteamericano”.[ 20 ] En realidad, el nuevo acuerdo implicaba un protectorado perpetuo de los Estados Unidos sobre el vecino del sur. Afortunadamente para México, el Senado norteamericano, dividido por el problema de la esclavitud, lo rechazó en mayo de 1860.

Durante el gobierno de Buchanan, el episodio del Saint Mary’s evidenció también la política expansionista de la administración. El asunto se había iniciado cuando, en agosto de 1856, la casa: Jecker-Torre y Compañía de la ciudad de México firmó con el gobierno de Comonfort un contrato por el cual se comprometía a medir, levantar planos y deslindar, en un periodo de tres años, las tierras baldías de Sonora y Baja California. Las otras dos partes quedarían en posesión del gobierno nacional y, en caso de que éste vendiera parte de esas tierras, Jecker-Torre y Compañía tendrían la opción de la compra preferente de un tercio más, a un precio más bajo.

A fin de cumplir su parte en el convenio, Jecker suscribió un subcontrato con varios capitalistas de San Francisco. Éstos, a cambio de la mitad de las tierras que Jecker debía recibir del gobierno mexicano, se obligaron a financiar y dirigir los trabajos. Así, en marzo de 1858, varios ingenieros, geógrafos, geólogos y dibujantes, dirigidos por dos ingenieros del ejército de los Estados Unidos, los capitanes Charles P. Stone y Robert Whiting, iniciaron el reconocimiento de las costas e islas de Sonora. En cuanto al interior del estado, antes de emprender trabajo alguno, Stone decidió pedir la autorización del entonces gobernador Ignacio Pesqueira.

Las actividades de los norteamericanos y el hecho de que fueran patrocinadas por capitalistas de San Francisco y por la casa Decker -anteriormente asociada con Raousset- causaron gran alarma entre los habitantes de la región. Además, varios sonorenses, entre ellos el propio Pesqueira, se oponían a los intentos del gobierno federal de explotar las tierras públicas del estado, pues eran ellos quienes deseaban hacerlo. De este modo, Pesqueira, con el apoyo del Congreso local, se negó -en mayo de 1858- a conceder a Stone el permiso que solicitaba, sin que le preocupara la presencia, en la bahía de Guaymas, del Saint Mary’s, nave que formaba parte del escuadrón norteamericano del Pacífico.

Por encima de la oposición local, Stone decidió continuar con los trabajos de medición. Probablemente se sentía protegido por la presencia del Saint Mary’s. Sabía, además, que en Washington había un enorme interés por Sonora y sus riquezas minerales. Esto explica que tanto él como el capitán Davis, al mando del Saint Mary’s, trataran de provocar un incidente que propiciase la intervención de sus país. Por lo pronto, Davis otorgó a Stone el nombramiento de cónsul provisional de los Estados Unidos en Guaymas. Como cónsul, Stone decidió defender -con o sin motivos- todas las actividades de los ciudadanos norteamericanos en el lugar. Luego escribió al secretario de Estado, Lewis Cass, para informarle que la experiencia que había adquirido en Sonora le permitía afirmar “que el único medio de salvar este estado de un retorno a la casi barbarie se encontrará en su anexión a los Estados Unidos”.[ 21 ] Stone no ocupó mucho tiempo el puesto de cónsul provisional. Pero su sucesor, Robert Rose, siguió la misma política de provocación y pidió a su gobierno protección militar para sus ciudadanos. Pesqueira poco hizo para detener a Stone antes de mayo de 1859. Sólo entonces envió a los miembros que integraban la comisión de deslinde una orden de expulsión, en la que les fijaba cuarenta días como plazo para abandonar el estado.

La expulsión de los técnicos aumentó los problemas de Pesqueira. Las partes interesadas en el cumplimiento del contrato no se conformaron. Naturalmente, los primeros en protestar fueron Rose y Stone. Este último viaje a los Estados Unidos en busca de ayuda y los capitalistas de San Francisco, asociados con Decker, trataron de encontrar apoyo en Washington y en México. Uno de ellos, L. W. Inge, escribió al embajador Robert McLane para explicarle que ya se habían gastado cien mil pesos en el proyecto de Sonora y pedirle que interviniera ante el gobierno de Juárez. Casi al mismo tiempo, Jaspar S. Whiting se entrevistó con el presidente Juárez y con Melchor Ocampo. Según parece, Whiting fue bien acogido, los funcionarios reconocieron la legalidad del contrato Decker y los daños causados por Pesqueira al impedir su cumplimiento. Sin embargo, el gobierno mexicano no hizo nada para obligar a Pesqueira a cambiar de actitud. De hecho, a lo más que llegó fue a informar a Roy de la Reintrie, secretario de la embajada norteamericana, que antes de iniciar cualquier acción quería recabar informes de todas las partes interesadas en el asunto, incluyendo el propio gobernador de Sonora.

Quienes posiblemente lograron obtener ayuda del gobierno norteamericano, a la postre, fueron los capitalistas de San Francisco. A principios de octubre, el Saint Mary’s apareció de nueva cuenta frente al puerto de Guaymas -esta vez al mando del capitán William H. Porter-, protestando con insolencia por la expulsión de Stone y sus compañeros.

La situación ofrecía mal cariz, así que Pesqueira decidió trasladarse a Guaymas. Ahí se entrevistó con Porter el día 31 de octubre. El marino norteamericano exigía, entre otras cosas, una explicación sobre el retiro de la comisión de deslinde y demandaba el permiso para que reanudara sus actividades en Sonora. Pesqueira pretendía evitar problemas mayores; hábilmente respondió que, si la comisión había sido proscrita, no se debía a que sus miembros fueran norteamericanos, sino a su calidad de “empleados de una comisión de mensura propia y exclusiva del Gobierno de la República, a cuya decisión se sujetaría el asunto, [y] que como súbditos de una nación amiga como la de los Estados Unidos, podían regresar a Sonora y ejercer las ocupaciones que más a sus intereses convinieran”.[ 22 ] Porter aceptó la aclaración: la solución del asunto que atañía a Stone y su grupo se aplazaba hasta que los gobiernos mexicano y norteamericano estuvieran al tanto del problema.

Después de la entrevista, las relaciones entre Porter y los funcionarios sonorenses quedaron en tranquilidad durante unos días, aunque el Saint Mary’s siguió anclado en la bahía de Guaymas. El vicecónsul norteamericano escribió a Lewis Cass que Pesqueira “mostraba una amistosa disposición hacia todos los americanos así como hacia el grupo de medición del capitán Stone”.[ 23 ] El capitán R. S. Ewell, enviado por las autoridades del fuerte Buchanan, Arizona, para protestar por la expulsión de Stone, aceptó el acuerdo entre Pesqueira y Porter y emprendió el regreso.

Un nuevo incidente provocó entonces otra dificultad con el comandante del Saint Mary’s. El capitán Ewell había sido detenido en Hermosillo y se le había privado de una mula robada. Al parecer, el norteamericano había comprado el animal a un tercero, pero la mula había sido reconocida por el dueño original. El capitán Porter, en espera de una buena ocasión para enfrentarse al gobierno sonorense, exigió el 17 de noviembre la liberación inmediata de Ewell y la devolución de la mula que le habían quitado. Estupefacto, Pesqueira respondió que no podía actuar antes de recibir los informes sobre el caso. Porter se enfureció:

con escándalo de toda la población de Guaymas, nacionales y extranjeros aun de su misma nación, entre nueve y diez de la noche mandó alistar cien hombres de la corbeta del Saint Mary’s, que en cinco embarcaciones del mismo buque, armadas de dos obuses, se dirigían a esta plaza […]. Afortunadamente para los que componían esa fuerza, el señor Porter entró sin duda más tarde en reflexiones más pacíficas, y cuando ya sus embarcaciones estaban a menos de un tiro de pistola del muelle, recibieron de él orden de suspender su marcha.

En esta relación de los hechos, que Pesqueira envió posteriormente al ministro de Relaciones Exteriores de Juárez, el sonorense añade que en esa “expedición tan descabellada”, Porter habría sacrificado a sus hombres, pues él tenía el doble de fuerzas.[ 24 ]

Al día siguiente, Porter amenazó aun con bombardear la ciudad, al tiempo que colocaba su nave en posición de cumplir sus amenazas. Pesqueira le envió entonces un mensaje: probaba en él que no se había cometido ningún acto arbitrario con Ewell y ofrecía para éste cuanto necesitase en su viaje. Hacía ver, también, que en el bombardeo morirían habitantes del puerto, con lo que no podría hacerse responsable por las vidas y propiedades norteamericanas en Sonora. La actitud de Pesqueira, a la vez firme y conciliadora, frustró el deseo de Porter de aprovechar el caso Ewell para provocar una dificultad más seria.

Sin embargo, el conflicto pudo haber estallado por otros motivos. Mientras Pesqueira negociaba con Porter, los habitantes de Guaymas, alarmados por la amenaza del bombardeo e irritados por la actitud de Porter, se precipitaron a las calles vitoreando la independencia e integridad nacionales y lanzando mueras a los norteamericanos: “legando la exaltación en aquel momento al extremo de dirigirse una gran parte del pueblo a la casa consular, escalarla, arriar la bandera americana […] y hacer pedazos al escudo de armas de la misma nación”.[ 25 ] Pesqueira restauró el orden rápidamente, aunque prefirió enviar la bandera de los Estados al Saint Mary’s, con un comisionado encargado de dar explicaciones. Sorprendentemente, Porter pareció satisfecho con ellas.

En realidad, Porter se había dado cuenta de que tanto el gobierno del estado como la gente del puerto estaban resueltos a dar la respuesta que fuera necesaria. La carta que recibió de Ewell el 19 de noviembre acabó de convencerlo. Por eso, el día 20 se entrevistó con Pesqueira. En la reunión se limitó a presentar sus respetos, sin aludir a lo ocurrido en días anteriores. Después, se dispuso a levar anclas.

Con estos acontecimientos y con la queja presentada ante Cass por José María Mata, embajador de México en Washington, terminó el incidente del Saint Mary’s. Un incidente a primera vista absurdo, pero que se comprende mejor si se toma en cuenta lo que buscaba en esos momentos el gobierno norteamericano: un buen pretexto para asegurar la realización del tratado que, en esas fechas, se negociaba entre el embajador McLane y el gobierno de Juárez.

En cualquier forma, Charles P. Stone no cesó de luchar para que se reconocieran sus pretendidos derechos. Así, en 1861 publicó en Washington un panfleto de veintiocho páginas, titulado Notes on the state of Sonora, en el que trataba sobre los recursos de la zona y destacaba la necesidad de incorporarla, en un futuro inmediato, a los Estados Unidos.

La secuela de la historia de las persistentes presiones norteamericanas de mediados de siglo XIX por obtener la cesión del noroeste de México se encuentra en la política de Napoleón III, emperador de Francia, al intervenir en la provincia de Sonora para salvarla del apetito estadounidense; en los planes de los estados confederados -después de iniciada la guerra de Secesión- para formar una alianza con México o absorberlo y en la política del secretario de Estado William S. Seward, representante de los estados del norte, interesado en impedir la ejecución de los designios sureño y francés y en preservar la integridad y la independencia de México.
Conclusiones

El expansionismo caracterizó, entre 1848 y 1861, la mente popular norteamericana. El sueño del “destino manifiesto” no se había visto satisfecho con la unión de Texas en 1845 ni con la usurpación de California y Nuevo México en 1848. La anexión del noroeste de México, en especial de Sonora, constituyó el siguiente objetivo. Los motivos eran varios: la legendaria riqueza de sus minas; la inestabilidad de la vecina república de México; los problemas en la frontera; la necesidad de proteger a los ciudadanos y las inversiones estadounidenses; la preocupación por extender la economía esclavista; el interés por construir una gran vía de comunicación -de preferencia, un ferrocarril- que atravesara aquel estado mexicano y por obtener el dominio del excelente puerto de Guaymas; el temor a una intervención europea, de Francia en particular, en aquella región. Todos estos motivos pesaban. Pero quizá el más importante era el propósito inconsciente del pueblo norteamericano: orgulloso de su pasado, quería continuar y engrandecer la realización de su magnifico destino nacional.

El expansionismo era un sentimiento contagioso en California. Sus recién llegados pobladores, en su mayoría participantes de la “carrera del oro”, se habían visto defraudados. La competencia era grande; encima de todo, la riqueza de las minas y placeres de oro, se había agotado con rapidez. En consecuencia, muchos de ellos consideraron que en el noroeste de México podrían obtener no sólo la riqueza, sino también la fama que en los Estados Unidos ya no conseguirían con tanta facilidad.

Los inmigrantes, a veces agresivos, que utilizaban la ruta de Sonora en su larga marcha hacia el Oeste, llegaron a conocer un poco mejor aquel estado mexicano. Sus informes intensificaron la atracción que de antemano existía en California. Reflejo de ella fueron los periódicos, en los que continuamente se mencionaban la riqueza minera del lugar, la fertilidad de sus tierras, lo indefenso de sus autoridades y sus habitantes, etcétera.

Un argumento muy utilizado en favor de la expansión fue el deseo de los propios sonorenses de ser anexados a los Estados Unidos. Mas, si se considera que el partido separatista estaba formado en su mayoría por norteamericanos con intereses económicos en la porción noroeste de México, el argumento pierde de inmediato objetividad. En realidad, los ciudadanos yanquis radicados en Sonora no constituían más que la cabeza de puente que conduciría a la final anexión. Si se recuerda, lo mismo ocurrió en Texas en la tercera década del siglo XIX: un grupo de colonos angloamericanos se estableció en la antigua provincia novohispana, llegando a predominar tanto en número como en poder; por fin, logró la separación de México con un pretexto cualquiera.

Hirviendo de ambición, muchos norteamericanos y europeos residentes en California consideraron seriamente la posibilidad de conquistar algunos de los territorios mexicanos vecinos. Morehead, Walker, Crabb, etcétera, no fueron más que los representantes de un sentimiento nacional. Ellos pusieron en marcha empresas que otros muchos anhelaron realizar. Afortunadamente para México, fracasaron.

En cuanto al papel que desempeñaron los francocalifornianos, individuos con una serie de características “latinas” comunes con los mexicanos, cabe observar que sus aventuras filibusteras manifestaron el ambiente expansionista reinante en California. No es que a ellos se les contagiase el interés por extender el poder norteamericano sobre México. Lo que sucedió fue que en la conquista de Sonora, o de Baja California, o Chihuahua, vieron la oportunidad de adquirir fama y riquezas sin límite. Mas también es evidente que no se dieron cuenta o no les importó que, con su actitud, se allanara la ruta imperialista de los Estados Unidos.

En cuanto al gobierno norteamericano, resulta claro que su política proexpansionista fue definitiva. Todos los funcionarios la practicaron en forma más o menos convencida. Presionaron a México de diversas formas. Por medio de la diplomacia lograron la firma del Tratado de La Mesilla y del Tratado McLane-Ocampo. No dejaron de usar la amenaza de la fuerza; la presencia del Saint Mary’s, en la bahía de Guaymas, en 1858, así lo manifestó. Acudieron también al chantaje económico: este fue el caso de John Forsyth, cuando pidió territorios mexicanos a los gobiernos de Comonfort y de Zuloaga, urgentemente necesitados de dinero. Una buena parte de los políticos yanquis apoyó las tácticas filibusteras. Es más, a algunos -como a Buchanan, deseoso de vengar al pirata Crabb- no les importó hacerlo en forma abierta. En todos los casos, los norteamericanos involucrados en las negociaciones con México debieron pensar que lo más importante era que el territorio de los Estados Unidos se extendiese cada día más.

Finalmente, debe señalarse la actitud de los mexicanos que enfrentaron las ambiciones y tácticas expansionistas de sus vecinos del norte. La mayoría de la población permanecía ignorante. Lamentablemente, algunos, al corriente de los hechos, se mostraron indiferentes. Otros, los políticos, estuvieron en un tris de perder el territorio. Pero los sonorenses escribieron otro futuro. Probaron -tal vez por primera vez en la historia de México- un firme sentimiento nacionalista: ellos querían pertenecer a México. No sólo organizaron y sostuvieron una firme resistencia, en las ocasiones en que se vieron amenazados, sino que manifestaron con claridad que no aceptarían fácilmente una participación extraña, una participación que de cualquier manera amenazara o pudiese amenazar sus bienes o su independencia.

[ 1 ] Alejandro de Humboldt, Ensayo político sobre el reino de la Nueva España, estudio preliminar, revisión del texto, cotejos, notas y anexos de Juan A. Ortega y Medina, México, Porrúa, 1966, CXXX -696 p., ils., mapas (Colección “Sepan cuantos…”, 39), p. 191, 335.

[ 2 ] Alden a Seward, [s. l.], 30 de septiembre de 1864, en Alfred Jackson Hanna y Kathryn Abbey Hanna, Napoleón III y México, traducción de Ernestina de Champourcin, México, Fondo de Cultura Económica, 1973, 290 p., p. 152.

[ 3 ] Weekly Arizonan, [s. l.], 3 de marzo de 1859, en Rodolfo F. Acuña, Sonoran strongman. Ignacio Pesqueira and his times, Tucson, Arizona, The University of Arizona Press, 1974, X -180 p., ils., p. 60.

[ 4 ] M. Hippolyte du Pasquier de Dommartin, Les États-Unis et le Mexique: l’intérêt européen dans l’Amérique du Nord, Paris, Librairie de Guillaumin, 1852, [4]-88 p., mapa, p. 1-3, 7.

[ 5 ] Congressional Globe, Washington, 23 de diciembre de 1852, 15 y 26 de enero y 7 de febrero de 1853, en Rufus K. Wyllys, Los franceses en Sonora (1850-1854). Historia de los aventureros franceses que pasaron de California a México, nota y traducción de Alberto Cubillas, México, Porrúa, 1971, X -276 p., ils., mapa (Biblioteca Porrúa, 49), p. 101.

[ 6 ] Alta California, [s. l.], 16 de junio de 1853, en Hallie M. McPherson, “The plan of William McKendree Gwin for a colony in north Mexico, 1863-1865”, en The Pacifical Historical Review, Glendale, California, The Arthur H. Clark Company, v. 2, n. 4, diciembre de 1933, p. 357-386, p. 359.

[ 7 ] Vid. supra, Daily Alta California, San Francisco, 6 y 13 de octubre de 1851, en Rufus K. Wyllys, Los franceses en Sonora (1850-1854). Historia de los aventureros franceses que pasaron de California a México, nota y traducción de Alberto Cubillas, México, Porrúa, 1971, X -276 p., ils., mapa (Biblioteca Porrúa, 49), p. 37, nota 4.

[ 8 ] Alta California, [s. l.], septiembre de 1853, en Rodolfo F. Acuña, Sonoran strongman. Ignacio Pesqueira and his times, Tucson, Arizona, The University of Arizona Press, 1974, X -180 p., ils., p. 11.

[ 9 ] Cartas de Raousset, [s. l.], 14 de diciembre de 1853 y 29 de abril de 1854, en Rufus K. Wyllys, Los franceses en Sonora (1850-1854). Historia de los aventureros franceses que pasaron de California a México, nota y traducción de Alberto Cubillas, México, Porrúa, 1971, X -276 p., ils., mapa (Biblioteca Porrúa, 49), p. 127, nota 19.

[ 10 ] Daily Alta California, San Francisco, 18 de diciembre de 1852, en ibidem, n. 107. n. 13.

[ 11 ] Morentrout a su gobierno, Monterey, 15 de diciembre de 1853, en Lilia Díaz (ed.), Versión francesa de México. Informes diplomáticos, prefacio de Luis González, 4 v., [México], El Colegio de México, 1963-1967, v. 1, p. 79-80.

[ 12 ] Crabb a Oxley, San Francisco, 9 de diciembre de 1856, en Rufus Kay Wyllys, “Henry A. Crabb: a tragedy of the Sonora frontier”, en The Pacifical Historical Review, Berkeley, California, University of California Press, v. IX, n. 2, junio de 1940, p. 183-194, p. 183. Véase también Rodolfo F. Acuña, Sonoran strongman. Ignacio Pesqueira and his times, Tucson, Arizona, The University of Arizona Press, 1974, X -180 p., ils., p. 35.

[ 13 ] Martinet a su gobierno, Mazatlán, 16 de abril de 1857, en Lilia Díaz (ed.), Versión francesa de México. Informes económicos. 1851-1867, 2 v., prólogo de Carlos Tello, advertencia de Jean Béliard, México, Secretaría de Relaciones Exteriores, 1974 (Colección del Archivo Histórico Diplomático Mexicano. Serie Documental, 4 y 5), v. 2, p. 89.

[ 14 ] Todavía ocurriría un conato de expedición filibustera contra Sonora y Baja California en marzo de 1861. La dirigió un individuo de apellido Moreno quien pretendió darle un carácter antijuarista. Luis G. Zorrilla, Historia de las relaciones entre México y los Estados Unidos de América. 1800-1958, 2 v., México, Porrúa, 1965, mapas, v. 1, p. 418.

[ 15 ] Citado por Louis Wright et al., Breve historia de los Estados Unidos de América, prefacio de los editores, traducción de Luis Palafox, México, Limusa-Wiley, 1969, 606 p., ils., p. 165.

[ 16 ] Citado por Ralph Roeder, Juárez y su México, prólogo de Raúl Noriega, ensayo sobre Ralph Roeder de Andrés Henestrosa, México, Fondo de Cultura Económica, 1972, XVI -1102 p., p. 274.

[ 17 ] Citado por Ralph Roeder, Juárez y su México, prólogo de Raúl Noriega, ensayo sobre Ralph Roeder de Andrés Henestrosa, México, Fondo de Cultura Económica, 1972, XVI -1102 p., p. 276.

[ 18 ] James Buchanan, “Second annual message”, Washington, 6 de diciembre de 1858, en James Daniel Richardson (comp.), A compilation of the messages and papers of the presidents, 1789-1897, 10 v., Washington, Government Printing Office, 1896-1899, ils., v. 5, p. 514.

[ 19 ] Cuya existencia se ha puesto en duda, pero que al fin refleja la posición del gobierno de Veracruz.

[ 20 ] Citado por José Fuentes Mares, Juárez y los Estados Unidos, 5a. ed., México, Jus, 1972, 244 p., mapas (Colección “México Heroico”, 29), p. 172.

[ 21 ] Stone a Cass, Guaymas, 23 de diciembre de 1858, en Rodolfo F. Acuña, Sonoran strongman. Ignacio Pesqueira and his times, Tucson, Arizona, The University of Arizona Press, 1974, X -180 p., ils., p. 57-58.

[ 22 ] Pesqueira a su gobierno, [s. l.], 21 de noviembre de 1859, en Francisco R. Almada, Diccionario de historia, geografía y biografía sonorenses, Chihuahua, Impresión en los talleres arrendatarios de impresora Ruiz Sandoval, 1952, 860-[2] p., p. 401 y Matías Romero (ed.), Correspondencia de la legislación mexicana en Washington durante la intervención extranjera, 1860-1868. Colección de documentos para formar la historia de la intervención, 10 v., México, Imprenta del Gobierno, 1870-1892, v. 1, p. 11-12.

[ 23 ] Alden a Seward, Guaymas, 31 de octubre de 1859, en Rodolfo F. Acuña, Sonoran strongman. Ignacio Pesqueira and his times, Tucson, Arizona, The University of Arizona Press, 1974, X -180 p., ils., p. 64.

[ 24 ] Pesqueira a su gobierno, [s. l.], 21 de noviembre de 1859, en Matías Romero (ed.), Correspondencia de la legislación mexicana en Washington durante la intervención extranjera, 1860-1868. Colección de documentos para formar la historia de la intervención, 10 v., México, Imprenta del Gobierno, 1870-1892, v. 1, p. 12-13.

[ 25 ] Pesqueira a su gobierno, [s. l.], 21 de noviembre de 1859, en Matías Romero (ed.), Correspondencia de la legislación mexicana en Washington durante la intervención extranjera, 1860-1868. Colección de documentos para formar la historia de la intervención, 10 v., México, Imprenta del Gobierno, 1870-1892, v. 1, p. 14.

Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, Álvaro Matute (editor), México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, v. 11, 1988, p. 123-148.

DR © 2006. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas

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