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Visto en Diario del Yaqui, Quehacer Cultural, por Rogelio Arenas Castro

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Bien armadas: Primera a la izquierda Mae Ryan (autora de la presente carta), Delphine Mexía, señora Brunk, señora Mexía y Teresa Mexía. Armadas hasta los dientes con rifles, escopeta de doble cañón y pistolas fajadas a la cintura. Era 1919, y no se sabe si iban de paseo y cacería o se trataba de armas puramente defensivas contra un posible ataque de los yaquis.

El jueves pasado, 25, Ciudad Obregón, fue bombardeado por aeroplanos federales que arrojaron una docena de bombas y murieron tres personas, varias resultaron heridas y hubo daños considerables en edificios.

Jim (James Ryan) fue al pueblo (Ciudad Obregón) media hora antes de que iniciaran los bombardeos y vio soldados heridos traídos desde el sur, cuando exclamaban “ahí vienen”.

Todos corrieron a resguardarse, pues nadie sabía que iban a bombardear el pueblo.

Cuando el ataque empezó, Jim corrió al molino harinero y una bomba Casio a media calle. Tras la explosión, acribillaron el techo del molino con las ametralladoras, pero todos escaparon ilesos.

Había mujeres y niños refugiándose en el molino dando alaridos pues era algo terrible escuchar la explosión de las bombas alrededor.

Había un tren con soldados a un lado, en la parte trasera del molino.

Los oficiales rebeldes estaban hospedados con sus esposas en el hotel Kuraica. Querían bombardearlo y hacerse del general Topete. No pudieron lograr su propósito, porque él se había escapado en carro una noche antes.

Otras bomba atravesó el techo de la agencia Ford (el lugar de Huffaker) causando daños considerables. Prácticamente dos tercios del techo tuvieron que ser repuestos, así como el cielo raso.

Nuestro cónsul, Mr. Eaton, tenía su oficina en el siguiente cuarto (local) y tuvo mucha suerte de no haber muerto en el bombardeo. Dijo que había sufrido un gran dolor de cabeza provocado por el sonido de la bomba al estallar.

Esa noche (el jueves), la gente del pueblo se fue al Valle ante las noticias de un posible bombardeo el viernes. Nosotros teníamos cerca de 300 personas acampadas en nuestro rancho. Algunas se alojaron con la gente del lugar. Otras bajo los árboles y en los alrededores. Esa anoche un grupo de policías patrulló la zona debido a la presencia de tantos extraños. Los automóviles llegaban y se iban del rancho, trayendo gente del pueblo. A la mañana siguiente matamos una vaca para alimentar a la gente, y media hora después se le preparó. No quedó nada del animal.

Cerca del medio día del viernes, empezó de nuevo la aviación a bombardear el pueblo, pero sólo dejaron caer cinco bombas sobre el tren con soldados, pero éste se mantuvo en movimiento hacia delante y hacia atrás y de esta forma las bombas no lo alcanzaron.

Fui al pueblo con Jim la tarde del viernes y encontramos aquello como un cementerio. El lugar estaba totalmente desierto. Fuimos a informarnos con el cónsul de Estados Unidos, acerca del destructor Selridge que estaba en la costa y de ahí enviaron la información a Washington, D.C.

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